25/10/2009 PERSONAJES
La epopeya de Darwin a bordo del ‘Beagle’ revive en una exposición
• Los textos que guían la muestra también son obra del famoso naturalista
• CosmoCaixa reproduce el viaje a través de objetos que reunió el científico
MAURICIO BERNAL
BARCELONA, España (Diario EL PERIODICO)
Esos casi cinco años durante los cuales el joven Charles Darwin dio la vuelta al mundo mirando a diestro y siniestro, asomándose con curiosidad a cada paisaje, a cada planta, a cada bicho que se cruzaba en su camino; esa extenuante, larguísima epopeya a bordo del que con el tiempo sería conocido como “el famoso Beagle”, levantando, a base de observar y anotar, los cimientos de su revolucionaria teoría; ese viaje iniciático que se convirtió en fundacional, en punto de partida del libro que inauguró otra manera de entender el mundo: ese viaje se puede hacer. O de alguna manera hacer. O, en el peor de los casos, soñar que se hace.
Así publicitan los responsables de CosmoCaixa "Darwin observador", la exposición que han organizado con motivo del 150° aniversario de la publicación de El origen de las especies, es decir, su grano de arena en la gigante tormenta del desierto que se ha desatado alrededor del mundo para celebrar y recordar; aunque ahora la idea es revivir. «Se trata de poner al visitante en la piel del gran científico», explica Jorge Wagensberg, director del Área de Medio Ambiente y Ciencia de la Obra Social La Caixa y responsable de la muestra. «Se trata de seguir su rastro», precisa.
OBJETOS ORIGINALES / La piel del gran científico: por ejemplo sus manos. Con ellas descubrió y acarició, recolectó y almacenó, y por supuesto estudió. «Observó, absorbió todo y reunió tantas muestras de plantas y animales que sus compañeros en el barco se preguntaban en voz alta si se había propuesto hundir el Beagle», escribió Timothy Ferris en su libro sobre el viaje (La aventura del universo).Pues bien: algunas de las muestras que recogieron esas manos frenéticas, los objetos originales, los que verdaderamente fueron manipulados por sus asombrados dedos están en CosmoCaixa, lo que se considera el detalle emocionante de la exposición y el gancho de frases como esta, que pronunció Wagensberg durante la presentación: «No quiero ser fetichista, pero no sé si os dais cuenta de que estos son los mismos objetos que tocó Darwin». Con voz de emoción científica.
SELECCIÓN SIN CONCESIONES / El caparazón gigante de una tortuga de las Galápagos, el ejemplar disecado y bien conservado de un cóndor de Chile, una decena de piezas fosilizadas de aquel entonces, la tercera década del siglo XIX; y, por supuesto, la que sin duda viene a ser la joya de la corona: los pájaros pinzones (desde entonces los «pinzones de Darwin») las aves inspiradoras de la teoría de la evolución.La guinda del pastel es el detalle de que los textos que guían al visitante son textos escritos por el propio Darwin, y es guinda porque son un ingrediente más del paquete para jugar a ser protagonista. Los hay desde los que revelan cierta tendencia literaria («Navegando por la Amazonia se observa con frecuencia un preciosísimo espectáculo: lucecitas intermitentes que vuelan en la brisa tibia de la noche. Son también escarabajos luminiscentes viajando, a modo de microaviones, con sus obligadas luces de posición») hasta los que retratan el desprecio, el sorprendente desprecio del bien educado Darwin por los indios, y que dan sentido a la advertencia de Wagensberg cuando afirma que la exposición no hace concesiones: está el Darwin genial, claro, pero asimismo el que resulta odioso: «Estos pobres desgraciados se habían quedado raquíticos; sus horribles rostros estaban embadurnados de pintura blanca; sus pieles eran sucias y grasientas; sus cabellos, enmarañados; las voces, discordantes, y sus gestos, violentos. Al ver tan repugnantes cataduras cuesta pensar que son seres humanos y habitantes del mismo mundo». Así (también) era Darwin.
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